Delcy Rodríguez llegó a Nueva York en una posición que habría resultado inimaginable para el chavismo hace apenas unos años: recibida por un funcionario estadounidense, invitada a la Asamblea General de las Naciones Unidas y con un encuentro previsto con Donald Trump. Su objetivo político parece bastante claro: convertir la cooperación que mantiene con Washington desde enero en algo más difícil de conseguir, legitimidad para un gobierno que todavía no ha pasado por una elección presidencial.
La escena resume bien cuánto cambió la relación de fuerzas después del 3 de enero. Rodríguez pasó años denunciando al “imperio”, atacando al actual presidente estadounidense y participando de la campaña “No + Trump”. Ahora aterriza en Nueva York y busca una fotografía con el presidente que ordenó la operación que terminó con Nicolás Maduro preso en Brooklyn.
Trump se encargó este martes de hacer aún más incómoda esa contradicción.
Ante la Asamblea General, y con la delegación venezolana en el salón, reivindicó la operación estadounidense en Venezuela como prueba de que Washington no permitirá que las amenazas contra Estados Unidos avancen en el hemisferio. Recordó la captura de Maduro, a quien llamó “dictador prófugo” y “criminal”, habló de la liberación de cientos de presos políticos y presentó el acuerdo sobre 65.000 millones de barriles de reservas venezolanas como “el mayor trato jamás firmado”. Su resumen fue menos diplomático: “al vencedor le pertenece el botín”.
El mensaje tiene una carga política difícil de desmarcar de la visita de Rodríguez. Durante casi tres décadas el chavismo convirtió el antiamericanismo en una parte central de su identidad, utilizó la soberanía como argumento recurrente y presentó a Washington como responsable de buena parte de los problemas venezolanos. Ahora su principal dirigente está en Nueva York buscando entendimiento con el gobierno que capturó a Maduro y que reivindica públicamente haber impuesto las condiciones del nuevo acuerdo petrolero. La Casa Blanca sostiene que ese acuerdo otorga a Estados Unidos un control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas en Venezuela.
La humillación política para el chavismo es difícil de ocultar. Pero una cosa es la derrota de su vieja retórica y otra la democratización de Venezuela.
Ese será probablemente el terreno que Rodríguez intentará administrar cuando suba al podio de las Naciones Unidas. Es previsible que hable de paz, estabilidad, recuperación económica, soberanía y cooperación; que presente las excarcelaciones y algunas aperturas recientes como pruebas de una transformación política, y que intente proyectarse como la dirigente capaz de garantizar orden después de Maduro.
Tiene razones para hacerlo. Desde enero, ha cooperado estrechamente con Washington y ha logrado mantenerse al frente del Estado. El problema sigue siendo el mismo: gobierna sin haber sido elegida presidenta y Venezuela continúa sin fecha para una elección presidencial.
La Casa Blanca, por su parte, no ha organizado un encuentro formal. Mike Waltz, embajador estadounidense ante la ONU, describió el encuentro como un pull-aside: una conversación informal al margen de la Asamblea.
Mientras tanto, Maduro y su esposa, Cilia Flores, siguen presos en Nueva York. Una visita de Delcy Rodríguez a la cárcel no está en la agenda. Tiene sentido, dado que lleva semanas sin usar el “interina” en sus comunicados. Su antiguo jefe espera juicio mientras ella busca estrechar la mano de quien ordenó su captura.
Este martes, mientras Rodríguez desarrollaba su agenda en Nueva York, venezolanos se concentraron frente a las Naciones Unidas para reclamar elecciones presidenciales y la libertad de los presos políticos. La protesta había sido convocada bajo una consigna sencilla: “New face, same regime”.
En su discurso del jueves, Delcy Rodríguez probablemente intentará justificar su permanencia en el poder ante el mundo. La idea de que la paz, la estabilidad, la recuperación económica, la soberanía y la normalización política son posibles solo con ella al mando.
Presentará las excarcelaciones, el levantamiento parcial del bloqueo a la prensa o el acuerdo petrolero firmado con Estados Unidos como pruebas de que Venezuela atraviesa una transición. Pero cuatro días antes de su discurso, los datos dicen otra cosa.
La Misión de Determinación de los Hechos de la ONU concluyó en un informe reciente que el aparato represivo permanece intacto. Entre 325 y 450 personas siguen detenidas arbitrariamente; se documentaron desapariciones, muertes bajo custodia y torturas posteriores al 3 de enero. Los organismos de seguridad e inteligencia no han sido reformados y los funcionarios vinculados a la represión siguen ocupando posiciones de poder.
Tampoco existe todavía una fecha para la elección presidencial. Rodríguez enfrenta un problema de legitimidad. Ejerce la presidencia sin haber sido elegida. Por eso, cada reconocimiento exterior, cada acuerdo y cada fotografía tienen un valor enorme para ella. La normalización internacional puede servir para compensar temporalmente la falta de legitimidad electoral.
Todo esto conlleva un riesgo para el presidente Trump. El significado de una fotografía tras el encuentro con Rodríguez dependerá de lo que se obtenga a cambio. Si viene acompañada de condiciones para el regreso de María Corina Machado, la liberación de todos los presos políticos, el desmontaje del aparato represivo, y especialmente, una fecha para la elección presidencial, puede inscribirse en una secuencia de transición.Si no, el chavismo habrá conseguido una fotografía con el presidente de Estados Unidos mientras conserva buena parte del poder que tenía antes del 3 de enero.




