Lo que Japón puede enseñarle a Venezuela sobre reconstrucción y transición
La reconstrucción japonesa muestra la importancia de las reformas institucionales, pero también los riesgos de subordinar la democratización a la estabilidad y la geopolítica.
Este artículo es la segunda parte de la serie “Lo que Japón puede enseñarle a Venezuela”. La primera parte se puede leer en el Substack de Jesús Armas haciendo clic aquí.
El 30 de agosto de 1945, el cielo amaneció despejado en Okinawa. Las condiciones climáticas eran favorables para un vuelo hacia Atsugi. La tripulación estadounidense abordaba la aeronave Bataan II a eso de las 9:00 a.m. Apenas despegó el avión, empezaron a escucharse órdenes con un claro acento militar. A bordo iba el general Douglas MacArthur, comandante supremo de las Fuerzas Aliadas y encargado por el presidente estadounidense Harry Truman de liderar la ocupación y la transformación de Japón. Una de las órdenes de MacArthur era simbólica y arriesgada: dejar las pistolas dentro del avión. A pesar de que hacía unas semanas se habían detonado las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, así como de la rendición del emperador Hirohito, el espíritu de lucha de muchos japoneses seguía intacto y, por tanto, el riesgo era alto.
Aterrizar desarmado fue un acto que el propio Churchill calificaría después como el más asombroso de toda la guerra. A las 2:05 p.m., el Bataan II aterrizó en el aeródromo. MacArthur salió del avión con sus lentes de sol y encendió su pipa. Bajó por la escalera demostrando una confianza absoluta, pese al riesgo real de morir en ese mismo instante, y tras estrechar la mano del general Robert Eichelberger, dijo: “Bob, ha sido un largo camino desde Melbourne hasta Tokio, pero como dicen en las películas, esta es la recompensa.” Llegaría ahí para gobernar el destino de Japón durante los próximos cinco años.
Japón bajo la autoridad de MacArthur
A diferencia del caso de la ocupación alemana, donde Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Soviética y Francia tenían zonas de ocupación propias, en Japón el resto de los aliados (Reino Unido, la Unión Soviética y la República de China) apenas tenía un rol asesor dentro de un “Consejo Aliado” sin poder real de decisión. Las decisiones las tenía MacArthur. El plan estaba dividido en tres fases. El esfuerzo inicial consistía en castigar y reformar al país; el segundo, en reactivar la economía japonesa; y la fase final, en la construcción de un acuerdo de paz y de una alianza.
La primera fase arrancó con el castigo: se celebraron juicios por los crímenes de guerra cometidos por soldados japoneses y, paralelamente, se desmanteló su ejército. Eso incluía prohibir que los miembros del ejército formaran parte del nuevo gobierno. La nueva Constitución de Japón fue redactada casi letra por letra por oficiales estadounidenses. La nueva Constitución trajo, además, un sistema parlamentario bicameral inspirado parcialmente en el modelo británico, la separación de poderes, un poder judicial independiente y el sufragio universal para todos los adultos, incluyendo, por primera vez, el derecho al voto de las mujeres.
La segunda fase se trabajó en paralelo. Uno de los temas clave fue una reforma de la propiedad, que incluyó una reforma agraria para restar poder a los señores feudales de Japón y a los grandes conglomerados de negocios, los llamados zaibatsu, como Mitsui, Mitsubishi, Sumitomo y Yasuda, que dominaban la economía japonesa previa a la guerra y habían respaldado la expansión militar del país. Todo el esfuerzo en términos económicos se centraba en una reforma tributaria, en una política de control de la inflación y en la construcción de una cadena de suministro para garantizar la disponibilidad de materiales para la manufactura. El fin último era la construcción de una economía capitalista de libre mercado.
La geopolítica contribuyó a consolidar la tercera fase. La amenaza del comunismo y la confrontación con la Unión Soviética, ayudaron a que convertir a Japón en un aliado sólido fuese una prioridad. El acuerdo incluyó que los Estados Unidos conservaran sus bases militares en Japón, en el marco de un acuerdo de defensa mutuo.
Después de esa profunda y compleja transformación, Japón consolidó su soberanía y concilió, pese a las tensiones, la nueva influencia de la cultura occidental con sus tradiciones. Hoy, al caminar por las calles de Tokio, se siente la influencia occidental en la vestimenta o en la música, aunque hay aspectos de su comportamiento, tradiciones, religión o arquitectura que nadie puede confundir: es Japón. Las transformaciones se dieron con tensiones y con una participación importante de líderes, burócratas y técnicos japoneses, quienes luego tomarían las riendas del país y serían los responsables finales de su desarrollo.
El nuevo orden del poder en Venezuela
El pasado 23 de mayo, por segunda vez en el año, los caraqueños vieron sobrevolar aeronaves militares estadounidenses. Se trataba de dos MV-22B Osprey del Cuerpo de Marines. Aterrizaron en la sede de la embajada de Estados Unidos en el sureste de Caracas. A bordo de una de ellas viajaba el general Francis L. Donovan, jefe del Comando Sur, en su segunda visita oficial al país.
En Venezuela no hubo bombas nucleares ni una guerra contra Estados Unidos, pero, sin duda, el 3 de enero marcó un hito que sacudiría la historia del país. Durante años, el chavismo combatió verbal y políticamente a los Estados Unidos; su discurso antiimperialista fue el eje central de toda su narrativa. Apenas unos meses antes, en septiembre de 2025, Diosdado Cabello lanzaba frases rimbombantes evocando a Vietnam o amenazaba con “100 años de guerra”. Vladimir Padrino López, por su parte, había advertido que Washington pretendía “nuevamente devolver a los ciudadanos contribuyentes y jóvenes de la sociedad norteamericana, en sacos, en bolsas negras y en urnas, a sus hogares”. Nada de eso pasó.
El 6 de julio, en plena emergencia por los terremotos, el propio Diosdado Cabello, ministro del Interior y hombre por quien Washington ofrece una recompensa de 25 millones de dólares por su vinculación con el narcotráfico, se reunió personalmente en Caracas con el general Donovan, junto a Delcy Rodríguez y a funcionarios estadounidenses. El nuevo orden de poder se había consolidado. Desde el 3 de enero, la élite de la dictadura se ha doblegado y sonríe ante el poderío de los Estados Unidos. Aunque pretenden colaborar, en el fondo siguen siendo los mismos actores.
De la misma forma que ocurrió en Japón, Estados Unidos tiene un plan de tres fases para Venezuela. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha enunciado estas tres fases: la primera, estabilización; la segunda, recuperación, que incluye un proceso de reconciliación nacional; y la tercera, transición política.
Estabilizar sin conservar la represión
Aunque millones de venezolanos hubiesen deseado que la primera fase incluyera, tal como en Japón, juicios que permitieran castigar a los responsables de crímenes de lesa humanidad y narcotráfico, Estados Unidos decidió priorizar evitar que Venezuela cayera en el caos y mantener su influencia en el país a través de autoridades interinas. Esta decisión ha sido controversial, pero se entiende tras experiencias como la de Afganistán, donde resultó importante preservar lo que quedaba de Estado y de orden para poder construir lo que viene. Esta fase ha sido fundamental para la excarcelación de los presos políticos en Venezuela, entre ellos yo mismo
La fase de recuperación económica, al igual que la de Japón, está encontrando grandes obstáculos. El estado actual de la infraestructura venezolana le pone un techo muy bajo a la capacidad de expansión económica: no hay posibilidad de aumentar la capacidad industrial, especialmente la petrolera, sin electricidad; no es posible ser atractivos para inversiones extranjeras sin agua ni gas. De la misma forma, los derechos de propiedad en el país siguen siendo débiles mientras los mismos que expropiaron y persiguieron a los empresarios nacionales y extranjeros permanezcan en el poder.
Así como Japón tuvo que romper el poder económico de los zaibatsu y de los señores feudales para abrir paso a una economía de mercado, Venezuela tiene que romper el poder económico de quienes se beneficiaron de la expropiación y del control estatal. El país requiere una serie de reformas: hay que seguir ajustando la legislación energética y desmontar leyes absurdas, como las que justificaban controles de precios y de cambio, así como la asignación discrecional de los recursos del país. El país necesita una reforma tributaria, pero, sobre todo, poner un acento importante en la política monetaria: la inflación debe controlarse.
El fin debe ser una economía capitalista de libre mercado que permita el desarrollo de los venezolanos y ubique al país como aliado comercial de Estados Unidos y de Occidente, alejándolo de la órbita autoritaria de Irán, China o Rusia. Así se hizo en Japón.
No puede dejarse de lado la amenaza de una transición bajo las reglas del régimen. Sin transparencia, una nueva oligarquía podría encontrar acomodo en un sistema de crony capitalism, o capitalismo de amigos, en el que el éxito económico depende de las conexiones con el poder y del acceso privilegiado a contratos, licencias y recursos públicos. También podría consolidarse un oligarchic capitalism, dominado por un reducido grupo de actores económicos. Ambos sistemas frenan el desarrollo y dificultan la democratización de Venezuela.
La transición depende de las instituciones
El secretario de Estado, Marco Rubio, anunció el inicio de una negociación, formalizada mediante una mesa técnica y política paritaria entre la Asamblea Nacional de 2015 y el régimen de Delcy Rodríguez, orientada a impulsar reformas institucionales como la renovación del Consejo Nacional Electoral y la reconfiguración del Tribunal Supremo de Justicia. Estados Unidos ha dicho que seguirá el proceso de cerca, pero lo cierto es que tendrá una participación activa para que esto termine definitivamente en un calendario electoral y en la consolidación de instituciones que auxilien la construcción de una democracia en Venezuela.
Es difícil prever el desenlace de una reforma política desde esta etapa tan temprana. Hay ejemplos de éxito, como Japón, y de fracaso, como Afganistán. Sin embargo, hay herramientas claras que pueden ayudar a que todo el esfuerzo de Estados Unidos y de los venezolanos llegue a buen puerto.
Venezuela puede ayudar a garantizar la seguridad en Occidente, a ser el hub energético de la región, a ser el principal aliado de los Estados Unidos en Sudamérica. Pero también puede crear las condiciones para que florezcan la democracia liberal, la economía de mercado y el desarrollo humano. Son caminos que se unen. Pero no pueden dejar de lado la confianza que hoy se deposita en María Corina Machado, la líder de las fuerzas democráticas. María Corina comparte con Estados Unidos la visión democratizadora en favor de las libertades económicas.
Fueron años de reformas en Japón. Son procesos que exigen paciencia y estrategia para lidiar con las distintas fuerzas durante la transición. Es lógico sentir ansiedad y desesperanza, especialmente después de todo lo vivido.
Al igual que MacArthur tuvo que navegar con el emperador de Japón, Donovan o Rubio tiene que lidiar con Delcy Rodríguez. Con claras diferencias: Delcy no es una figura divina arraigada en el sentimiento o la cultura de la nación, y Venezuela no la necesitará en el futuro; hoy es útil para el proceso, pero es desechable, lo cual no significa que no pueda sobrevivir al proceso político.
En Japón, las élites reformistas, su burocracia y sus técnicos llevaron a cabo buena parte de esa transformación. Venezuela hará lo propio. Las distintas iniciativas que han surgido de la sociedad civil, así como su articulación con las organizaciones internacionales y la diáspora, constituyen un gran primer paso. Venezuela recuperará su capacidad de agencia propia, aprenderá de Japón y de otros, trabajará con Estados Unidos, pero, sobre todo, hará lo necesario para recuperar la democracia.
Fuentes consultadas:




