Machado, Rodríguez y Dogu: las tres mujeres que deciden Venezuela
La líder de la oposición, la encargada del régimen y la representante de Washington están escribiendo el desenlace de Venezuela.
Venezuela se encuentra suspendida en un impasse. Nicolás Maduro juró un tercer mandato tras desconocer los resultados del 28 de julio, a pesar de que la mayoría del país votó a favor de su salida. Su osadía lo llevó a enfrentarse no solo a los venezolanos, sino también a burlar a la justicia estadounidense, que finalmente procuraría su captura el pasado 3 de enero, lo que desencadenó una crisis que aún no se ha resuelto.
En el centro de esa crisis, tres mujeres ocupan posiciones fundamentales: María Corina Machado, Delcy Rodríguez y Laura Dogu. Sus historias no son equivalentes. Pero las tres, desde sus posiciones, están decidiendo el futuro de Venezuela.
María Corina Machado ha sido una aguerrida y constante opositora al chavismo, lo que le ha valido la confianza de los venezolanos. María Corina inició su vida pública en el 2002, cuando cofundó Súmate junto a Alejandro Plaz y puso en marcha la campaña que derivaría en el referéndum revocatorio contra Hugo Chávez; tenía 34 años y no ocupaba ningún cargo público. Durante los veinte años siguientes, cada vez que el chavismo intentó sacarla del tablero, ella encontró la manera de mantenerse. La inhabilitaron para ejercer cargos públicos. La destituyeron de la Asamblea Nacional en 2014, acusada de traición a la patria por haber aceptado una vocería en nombre de Panamá ante la OEA. Le abrieron causas penales, la amenazaron, la acosaron en la calle. Siguió adelante.
Lo que construyó en ese tiempo fue credibilidad moral en un país donde el liderazgo político, incluido el opositor, había dilapidado la suya. Cuando en 2023 ganó las primarias de la oposición con más del 90% de los votos, fue el resultado acumulado de dos décadas de no doblarse cuando habría sido conveniente hacerlo. Ese apoyo popular la convierte en una figura clave en la transición, pues, al ser la líder más representativa de la sociedad venezolana, consigue canalizar la demanda nacional de libertad hacia hitos políticos concretos.
Su estrategia para el 28J fue, en retrospectiva, brillante. Movilizar testigos en cada mesa de votación del país y escanear cada acta. El régimen anunció, sin pruebas, que había ganado. La oposición consolidó la evidencia y la presentó al mundo. María Corina convirtió ese impulso en el argumento central de una campaña internacional por la libertad. En octubre de 2025, el Comité Nobel le otorgó el Premio de la Paz, el primero otorgado a una venezolana, en reconocimiento a su labor para promover la transición hacia la democracia. Semanas después escapó de la clandestinidad en una operación de rescate que la llevó a Oslo para recibirlo. Hoy, desde Washington, sigue siendo el liderazgo más reconocido de la oposición y ha anunciado su retorno al país en las próximas semanas.
Mientras María Corina Machado se ganó el apoyo de los venezolanos gracias a su aplomo frente al chavismo, Delcy Rodríguez escaló, sigilosamente, la escalera de poder chavista hasta convertirse en la vicepresidenta que sucedería al capturado Nicolás Maduro.
Desde que Nicolás Maduro la designó vicepresidenta en 2018, Rodríguez se convirtió discretamente en la funcionaria más poderosa del chavismo después del propio Maduro y, posiblemente, hasta más poderosa que él en algunas áreas. Canciller, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, negociadora en foros internacionales, ministra de Economía, ministra de Petróleo. Tras la captura de Maduro el 3 de enero de 2026, asumió como dictadora encargada, la primera mujer en la jefatura del Estado venezolano aunque sea ilegítima, y es desde ese cargo que hoy administra la transición más delicada de la historia reciente del país.
Como vicepresidenta, Delcy Rodríguez tenía entre sus labores dirigir el SEBIN como instrumento de represión política. Las detenciones arbitrarias y los métodos de tortura en El Helicoide han sido documentados por la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU, Human Rights Watch y Amnistía Internacional. Los informes de la ONU señalan a Maduro y a los directores de las agencias de inteligencia como los principales responsables de esas prácticas. Los presos políticos que llenaron El Helicoide durante esos años constituyen el contexto en el que hay que leer cada intento de posicionarla como una tecnócrata moderada. Que una mujer haya roto techos de cristal dentro del aparato represivo más sofisticado que Venezuela ha conocido es un hecho político controvertido. Como dictadora encargada, Rodríguez anunció en enero de 2026 el cierre de El Helicoide y una ley de amnistía, gestos cuyo alcance real las organizaciones de derechos humanos consideran insuficiente.
Sin embargo, como operadora política ha sido ineludible. En las negociaciones que han tenido lugar en los últimos años, Rodríguez ha sido una interlocutora central del régimen. En 2017, en Santo Domingo, como presidenta de la Constituyente, encabezó la delegación gubernamental frente a la oposición. En los acuerdos de Barbados de 2023, fue su hermano, Jorge Rodríguez, quien llevó la negociación formal, pero Delcy administraba el margen de maniobra desde dentro del régimen. Entiende los límites de lo que el chavismo puede ceder.
Aunque Delcy es la dictadora de Venezuela, no es la única mujer poderosa en Caracas. Laura Dogu, la encargada de negocios (y, a efectos prácticos, embajadora) de los Estados Unidos en Venezuela, es una de las personas más poderosas en el país ahora mismo.
Diplomática de carrera con más de tres décadas en el Servicio Exterior, fue embajadora en Nicaragua y Honduras antes de que la administración Trump la designara para liderar la reapertura de la misión estadounidense en Venezuela. Opera en el espacio vacío entre Washington y Caracas, en un momento en que esa relación es quizás la más importante del hemisferio. Ella actúa como los ojos y los oídos del gobierno de Estados Unidos en Caracas, el actor más importante en la transición venezolana.
Venezuela es un país donde la crisis ha golpeado de manera desproporcionada a las mujeres y donde el éxodo forzó a millones de familias a reorganizarse en torno a las madres y abuelas que se quedaron. Que también sea un país donde una mujer construyó la resistencia más sostenida contra una dictadura en la historia reciente de América Latina, que otra administre el último intento del régimen por reinventarse para sobrevivir, y que una tercera opere el canal diplomático que puede definir el resultado, es una continuidad que merece ser nombrada.
Aunque el desenlace todavía no esté escrito, las manos que lo escribirán, en buena medida, ya tienen nombre.



