María Corina Machado en Madrid: qué dijo y con quién se reunió
Madrid se convirtió durante dos días en el epicentro de un país que sueña con volver a casa.
Una orquesta de migrantes venezolanos se acercó a ella en la Plaza de la Villa y comenzó a tocar Venezuela. María Corina Machado la dirigió. Por unos minutos, Madrid dejó de ser Madrid.
Fue solo uno de los momentos que definieron los dos días que Machado pasó en la capital española, el 17 y 18 de abril. Llegó con una agenda de reuniones institucionales, alianzas políticas y declaraciones ante la prensa. Lo que quedó fue evidencia de que la diáspora venezolana está organizada, cargada de años de espera y lista para volver. Según Machado, ese regreso ya comenzó.
El 17 de abril comenzó con una señal política precisa. En la sede del Partido Popular, Machado fue recibida por Alberto Núñez Feijóo, quien respaldó una transición democrática en Venezuela y reafirmó la cercanía histórica entre ambos países. “El sitio de España es al lado de María Corina y no de la tiranía que la ha perseguido”, dijo Feijóo. Estuvieron presentes figuras destacadas del principal partido de la derecha española (Cayetana Álvarez de Toledo, cercana a la causa venezolana, y el portavoz en el Congreso, Miguel Tellado) junto a cientos de activistas venezolanos y cubanos.
Horas más tarde, Machado cruzó Madrid para reunirse con Santiago Abascal, presidente de Vox, en la Fundación Disenso. A la salida, el protocolo se disolvió entre abrazos, lágrimas, consignas de venezolanos que la esperaban. Un niño rompió en llanto al acercarse a ella. Incluso Abascal, testigo de la escena, no ocultó su emoción.
La agenda del día también trazó una línea política. Machado se reunió con las principales fuerzas de la oposición española y descartó un encuentro con Pedro Sánchez, el presidente español, quien ese mismo día compartía escenario en Barcelona con líderes de izquierda como Gustavo Petro, Lula da Silva, Claudia Sheinbaum y Yamandú Orsi. La omisión alude a las distancias entre la izquierda internacional y el liderazgo de la causa democrática venezolana. Sánchez no felicitó a Machado por el Nobel de la Paz, ha liderado votaciones contrarias a la causa venezolana en las Cortes y mantiene vínculos con el expresidente Rodríguez Zapatero, figura históricamente cercana y funcional al chavismo. Machado distingue entre aliados firmes y posturas ambiguas. Sánchez cae en la segunda categoría.
Pero fue por la tarde cuando Madrid se transformó. En la Plaza de la Villa, el alcalde José Luis Martínez-Almeida le entregó las llaves de la ciudad. Afuera, cientos de venezolanos esperaban desde horas antes. Cuando Machado salió, los regalos, los abrazos y las lágrimas contenidas durante años habían reemplazado cualquier protocolo. Dentro del acto, su mensaje fue breve y firme: libertad, justicia y el valor del sacrificio de millones de venezolanos. La despedida tuvo banda sonora propia: una orquesta de migrantes venezolanos interpretó “Venezuela” bajo su dirección.
El 18 de abril amaneció con preguntas. Durante más de tres horas, Machado respondió a medios internacionales, españoles y venezolanos. Habló del rumbo del país, del papel de la comunidad internacional (incluida la posible influencia de Donald Trump) y, sobre todo, de la pregunta que sobrevuela a millones: cuándo será el regreso.
Por la tarde, la agenda volvió a centrarse en su gente. Primero, con militantes de Vente Venezuela en el exterior; después, con actores políticos y de la sociedad civil en el exilio. En ambos encuentros, el mensaje fue el mismo: la vuelta está cerca y será el inicio de una nueva etapa.
El momento más simbólico llegó en la Real Casa de Correos. Junto a Edmundo González Urrutia (representado por su hija), Machado recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid de manos de Isabel Díaz Ayuso, un reconocimiento habitualmente reservado a jefes de Estado. Desde el balcón, ante una Puerta del Sol desbordada, Ayuso definió a Madrid como “casa de la libertad” y a Machado como “la mujer más importante de la historia de Venezuela”.
Minutos después, Machado salió al encuentro de una multitud que no cabía en la plaza. Abrazos largos, rosarios apretados en las manos, cartas entregadas, miradas cargadas de años de ausencia, lágrimas de emoción e ilusión.
Cuando subió a la tarima, empezó por fijar el momento: “Este es un día que recordaré toda mi vida”. Habló de un país que, cuando parecía derrotado, volvió a encontrar a sí mismo. De una sociedad fragmentada que logró rehacerse “abriendo puertas, uniendo, tejiendo”. Y de un punto de inflexión: las primarias del 22 de octubre, cuando Venezuela se reconoció como una sola, dentro y fuera de sus fronteras.
Su relato fue el de una fuerza que ya no retrocede. “Si quieren saber quién está con el régimen”, dijo, “pregúntenle si quieren elecciones libres”. Reivindicó a los presos políticos como “héroes” y describió a Venezuela como un país que ha resistido la represión hasta convertirse en “invencible”. Definió la lucha como “espiritual”, una confrontación entre el bien y el mal que, aseguró, terminará por imponer la libertad.
El discurso alcanzó su punto más personal cuando dejó de hablar del país en abstracto y se dirigió directamente a la diáspora. Les pidió que recordaran quiénes eran cuando se fueron, con miedo e incertidumbre, y los compararan con quiénes son hoy. “Somos más fuertes”, dijo. Transformó el exilio en aprendizaje y el aprendizaje en promesa: todo lo vivido fuera será parte de la Venezuela que viene.
Cerró con una tarea concreta: organizarse, no callar, prepararse. “Hacer las maletas”. Y una frase que también sirvió de punto de partida: “Hoy estamos iniciando la vuelta a casa”.
Al terminar, la Puerta del Sol se expresó en cánticos, banderas alzadas, abrazos y lágrimas. Durante unos minutos, Madrid dejó de ser Madrid. Se convirtió en Venezuela.






