Paloma vuela en el momento therian de la política colombiana
Entre palomas, tigres y jaguares: la batalla por el centro y el control del poder en la antesala presidencial.
En esta contienda, la política colombiana parece haber adoptado un lenguaje animal. No por caricatura, sino por instinto. Hoy, el tablero se dibuja con tres figuras que encarnan energías distintas: una paloma que busca ampliar su vuelo, un tigre que ruge desde la confrontación y un jaguar que avanza con paciencia estratégica. Es, en ese sentido, un momento therian: una disputa donde los liderazgos no sólo se explican, sino que se encarnan.
La paloma es Paloma Valencia. El tigre, Abelardo de la Espriella. Y el jaguar, con vocación de continuidad, Iván Cepeda.
Paloma ha entendido algo que pocos en su espectro político han logrado leer a tiempo: ya no basta con representar una identidad. El uribismo, por sí solo, ya no determina quién llega a la presidencia. Su alianza con Juan Daniel Oviedo no es un gesto cosmético, sino un movimiento estratégico que le permite salir de su zona tradicional sin romper con ella. Juan Daniel Oviedo logró quebrar la polarización el pasado 8 de marzo y erigirse como la gran sorpresa electoral, con más de 1, 2 millones de votos. Fue sin duda una revelación, dado a que se trataron de votos conseguidos sin maquinarias, sin partido, con una campaña austera, principalmente en Bogotá, donde obtuvo el 40% de su apoyo.
Durante años, Paloma fue vista como una figura firmemente anclada en el uribismo. Hoy no niega ese origen —y ahí hay consistencia—, pero sí parece decidida a construir algo más amplio: una conversación entre distintos. En un país agotado de trincheras, ese intento empieza a generar atracción.
Hay algo inusual —y políticamente potente— en la alianza entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo: sus diferencias no se esconden, se exhiben. Un estilo más cercano a sensibilidades progresistas o “wokistas” convive, sin disimulo, con una tradición política más conservadora. Y, sin embargo, lejos de fracturarlos, esa tensión parece sostener una intuición compartida: este es un momento en el que toca caminar juntos.
Primera vuelta: la selva interna de la derecha
Pero antes de volar alto, la paloma tendrá que atravesar la selva.
Hoy, buena parte del espectro político da por hecho que Iván Cepeda estará en la segunda vuelta. Con alrededor del 35% de intención de voto, según encuestas, el candidato del petrismo parte con una ventaja considerable. En la práctica, eso deja un solo cupo en disputa.
En ese escenario, la primera vuelta operará como un filtro interno para definir el liderazgo dentro de la derecha. Y en ese ecosistema, el tigre, Abelardo de la Espriella, juega un papel determinante.
De la Espriella encarna una energía más frontal, más emocional, menos dispuesta a los matices. Puede capturar un segmento del electorado que no busca síntesis, sino afirmación; que percibe cualquier expresión de centro como debilidad frente al petrismo y que sospecha que Paloma podría derivar en un duquismo 2.0.
Ahí está el principal desafío para Paloma: evitar que su caudal de votos se desplace hacia una opción más radical. Su reto es doble: contener a su base mientras intenta crecer hacia el centro, sin quedar atrapada entre la expansión y la fuga. Según la última encuesta del Centro Nacional de Consultoría, Paloma Valencia superó a Abelardo en intención de voto al colocarse con 22,2%, mientras el tigre ostenta 15,4%. Cabe acotar que aún hay que esperar los próximos estudios que medirán el efecto completo de las fórmulas vicepresidenciales.
Es un equilibrio complejo: si se acerca demasiado al centro, alimenta al tigre; si se repliega sobre su base, limita su techo.
No es una tarea sencilla. Pero su capacidad de articulación y el temple que mostró durante el proceso de aceptación de la candidatura vicepresidencial por parte de Oviedo sugieren que tiene herramientas para transitar este desafío.
A esto se suma otro reto: mantener viva la efervescencia que ha generado su coalición con Oviedo: pasó de 4% en las encuestas de febrero a competir cabeza a cabeza por la presidencia. Pero faltan más de 60 días para la elección presidencial —una eternidad en política— y sostener el momentum será tan importante como haberlo construido.
El punto de quiebre: la segunda vuelta
Si logra atravesar esa selva y llegar a la segunda vuelta frente al jaguar de Iván Cepeda, el escenario cambia por completo. Las encuestas apuntan a un eventual empate técnico, pero visto el crecimiento de Paloma, sumado al voto antipetrista que podría confluir en segunda vuelta; la posibilidad de que Paloma Valencia se convierta en la primera mujer presidenta de Colombia es real. Ahí entran tres factores decisivos:
1. La alianza como puente
Oviedo no solo suma votos potenciales; legitima una apertura. Puede servir como canal hacia candidatos de centro que no salgan favorecidos en la primera vuelta. Hay que recordar que según la encuesta de cultura política del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el 40,7% de los colombianos se considera de centro.
2. El voto contención
En la segunda vuelta, el voto de contención se vuelve determinante. Sectores diversos podrían converger en torno a Paloma como opción para frenar a Cepeda.
3. La narrativa del “orden con apertura”
Si Paloma logra instalar la idea de que representa firmeza sin cierre —orden sin exclusión—, puede capturar una sensibilidad clave en el momento actual del país.
Más que una elección: una definición de rumbo
Pero esta no es una elección cualquiera. Colombia no está simplemente eligiendo un nuevo gobierno: está definiendo el rumbo de su democracia.
La eventual llegada a la Casa de Nariño de Iván Cepeda —en continuidad con las líneas centrales del proyecto de Gustavo Petro— implicaría no solo un relevo político, sino también la profundización de agendas como la “Paz Total” y la posibilidad de abrir el debate en torno a una Asamblea Constituyente. Escenarios que representan un terreno incierto y un riesgo inédito de tensionar —e incluso socavar— los equilibrios sobre los que se ha sostenido el orden democrático.
Por eso, lo que está en juego trasciende nombres y coyunturas.
La unidad, el voto inteligente y la defensa de las instituciones no pueden ser únicamente un ejercicio de cálculo entre élites. Deben convertirse en una convicción extendida en la ciudadanía. Porque cuando las reglas del juego están en disputa, la indiferencia deja de ser neutral.
En un momento therian, donde las emociones movilizan y los liderazgos se encarnan, el verdadero desafío no es solo ganar una elección, sino preservar el marco democrático que hace posibles todas las elecciones futuras.
Y esa responsabilidad —esta vez— no admite dispersión.




